Durante las elecciones del domingo fiscalicé una mesa del norte porteño y pude conocer un poquito más a mis vecinos. Tuvimos conversaciones como éstas a lo largo de todo el día. Unos divinos todos. Mató la onda, que no se corte che.
Señora macrista: -Disculpame nena, pero si hacés pasar antes a cada discapacitado y a cada embarazada que viene, no avanza más esta cola. Estamos acá hace veinte minutos ya.
Yo: -Un poco de paciencia señora, por favor, que nosotros estamos trabajando y respetamos las prioridades.
Señora macrista: -Esas no son prioridades. Que los ancianos agarren una silla y hagan la fila sentados, no podés andar bajando la urna a la planta baja por cada viejo con bastón. Sino que no voten, yo no tengo todo el día.
Yo: -Mire señora, nos vamos a seguir manejando así, entonces le pido que se tranquilice y no levante la voz porque estamos en un acto cívico y la gente está votando. Ya le falta poco para pasar.
Señora macrista: -Mirá pendeja de mierda, no se para qué sos fiscal, por gente como vos estamos como estamos. Seguro que sos kirchnerista. Callate la boca y dejame pasar.
Y ahí se armó la podrida, obvio.
Hasta que llegó el gendarme para calmar las aguas y me dio la razón.
Tomaaaaaá Conchuda.
Todavía se me siguen ocurriendo insultos inteligentes que debería haberle dicho.