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sábado, 23 de julio de 2011

Lo mejor y lo peor del día

Cuando mi hermana era chiquita, mi mamá estaba preocupada porque ella contaba pocas cosas de su vida diaria en el colegio. Así que, para hacerla hablar, durante las cenas adquirimos una costumbre: cada uno tenía que contar lo mejor y lo peor que le había pasado durante el día. Era indistinto quién empezaba y quién venía después, si se relataba primero lo lindo o lo feo. No importaba. Todos hablábamos, todos escuchábamos. Era una buena forma de compartir. Y era lindo. 
No recuerdo cuándo ni por qué dejamos de hacerlo.
Después vinieron tiempos en los que durante la cena se discutía. Y después quedó vacío un lugar en la mesa. Y después yo llegaba tarde y cenaba en mi habitación, arriba de la cama y mirando la tele.
Y después me fui.

Desde que vivo sólo conmigo misma, para cenar trato de sentarme en la mesa, no mirar televisión ni tener la computadora cerca, no leer ni hablar por teléfono. Como, nada más. Y pienso.
Aprender a convivir con el silencio, con la quietud, con la soledad, es tan difícil, tan valioso, que a veces es demasiado.
Hoy mientras cenaba pensé en qué había sido lo mejor y lo peor que me había pasado durante el día. Intenté decirlo en voz alta, pero se me armó un nudo en la garganta.
Creo que en realidad, eso fue lo mejor y lo peor que me pasó en el día.

miércoles, 13 de julio de 2011

Látigo

Cada vez que me sumerjo en el enojo hacia cualquier cosa (que suele ser a la responsabilidad, a mis padres, a los hombres, a mis malas decisiones, a mis pasados, a la sociedad, a la rutina, a la vida, o a mí misma entera entera), mi terapeuta le pega con un látigo al piso.

Sí, con un látigo.
Al piso.

En el sonido del cuero contra las baldozas del consultorio, entiendo que en este contexto no es una forma de castigo, sino una descarga.

Esta semana no hubo sesión.
Si no hay piso, la liga mi espalda.

sábado, 9 de julio de 2011

Con ruido

Lloré con ruido, mucho ruido.
Lloré y lloré y lloré en concierto.
Alterné las vocales de los alaridos.
Dije malas palabras.
Pregunté por qué.
Grité toda la histeria.
Dí un portazo.
Me ahogué con moco.
Tosí muy fuerte.


Y nadie me escuchó. 
Porque no había nadie.
Y entonces empecé a reírme. 
Porque no había nadie.
Y me olvidé el motivo del llanto.
Porque no se lo dije a nadie.


Y ahora estoy re bien.

A veces la casa está mitad llena.

A veces mitad vacía.

miércoles, 6 de julio de 2011

La tuya, la mía, la nuestra

-Hija, dónde estás?
-Estoy en casa ma... pero no casa casa. O sea, sí, mi casa. Digo no mi casa la nuestra, bah, tu casa. 
-...
-Mi casa mami, mi casa mía que no es tuya. Eso, mi casa. Estoy en casa. Mi nueva casa.